¿Qué tal hemos comenzado el año amiguitos? Yo, alegre y vivaracho, remojando el badajo en los chochos más dispares, como me pide mi pitilín. O sea, que sin novedad al frente. Bueno, alguna novedad sí que hay. Al margen de los potorros que tengo en la agenda, me he convertido en sólo unas semanas en el “hombre de mi vida” de tres tipas que conocí de farra y a las que sólo he visto un par de veces en algún bareto. Menos mal que desde que me he echado novia formal no salgo mucho de fiestuki.
Es acojonante porque ya ni siquiera hace falta seguir el refrán de “prometer hasta meter y una vez metido olvidar lo prometido”, cosa que siempre da resultado. Yo ni prometo ni nada de nada. Al revés, como no me gusta alargar las relaciones, directamente me las intento llevar al catre lo antes posible para que no se queden pilladas, no me da tiempo ni a prometer. Pero en cuanto lo hago y me las follo se jodió, una vez me catan se vuelven locas de amor y empiezan a dar la plastada sin desaliento. Algunas hasta sin follarlas. Qué asco de zorras. Y todavía habrá quien piense que yo me aprovecho de ellas, si es una putada! Cada vez es más difícil encontrar a una tipa que sólo quiera follar y perderte de vista. Sólo alguna jovencita muy puta suelta por ahí... Y aunque debería ser al revés, cuanta más edad tienen más intentan cazarte para siempre.
Y ojo, en todo caso nos aprovecharíamos los dos, que ellas lo consienten... aunque se piensen que es para toda la vida. Pero bueno, que yo paso, hago caso omiso y sólo les llamo cuando tengo el pito tieso, y ellas en cuanto saben que me las voy a chingar se les olvida de repente todo lo que les he ignorado y sus enfados y abren su chochamen de par en par, moviendo su clítoris cual campanilla cuando se llama en la escuela a comer. Luego de nuevo a ignorar (no vaya a ser que mi novia se cosque) y cuando el pene se empalma de nuevo al ataque. Y vuelven a aceptar, no se cansan de que les utilice sólo para penetrar!!!
Cualquiera diría que soy machista porque las mujeres me parecen un puto trozo de chocho con tetas y sin cerebro que deberían carecer de cualquier tipo de derecho, pero en realidad es todo lo contrario. Viéndolo por el prisma correcto yo me ofrezco para satisfacer a la mujer, ¡y encima gratis! Creo que con esta crisis debería empezar a plantearme cobrarles por fornicar. Cada vez es más fácil, las mayores de 30 que están solas quieren echar el lazo cuanto antes y acceden pronto a follar. Por supuesto a mi novia no le cobraré, principalmente porque le he dicho que no quiero perder la virginidad hasta el matrimonio. Eso sí, en cuanto me case le cobro a la muy puta. El esfínter se lo dejo oler gratis.
jueves, 29 de enero de 2009
jueves, 30 de octubre de 2008
Maaaaaamita, lo mejor, la mamadita
Una de las experiencias más espantosas que he tenido en mis andanzas fornicadoras ha sido hacerlo con una vieja. Dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo, y si nuestros mayores prefieren hacérselo con jovencitas, por algo será. Sin embargo yo soy de esa clase de incrédulos que si no lo ven con sus propios ojos no se suele fiar, y me apetecía catar a una mamita. Craso error.
Siempre me han repelido arrugas, varices, tetas caídas y chochos resecos, así que mi búsqueda del vejestorio adecuado debía ser muy minuciosa (más tarde me di cuenta de que por muy minucioso que sea, una vieja es una vieja, y el paso de los años afecta a todas por igual…). De hecho, las tías operadas también me echan pa’tras, así que encontrar una de avanzada edad (me refiero a partir de los 50), que esté medianamente potable y sea todo natural, parecía poco menos que una epopolla, digo epopeya.
Sin embargo soy un hombre afortunado, y no tardé en encontrar a una que me ponía bien cachondo. Guapa y con buenas perolas, no era gorda, pero sí lo suficiente para que las arrugas no se le marcaran demasiado… Se podría decir que a primera vista era una de esas famosas MQMF (Madre Que Me Follaría). Había una pega, marido y dos hijos de mi edad. A ella nunca se le había pasado por la cabeza serle infiel, pero que se le pusiera a tiro un buen mocetón como yo fue una tentación que pronto terminó por superarla.
Al poco tiempo llegó el fatídico día D. Me invitó a su casa un finde que estaba sola y enseguida se me tiró encima. Yo sólo la quería penetrar y largarme, tenía ganas de probar un chocho dado de sí, orondo y cavernoso, que ya ha parido dos retoños del tamaño de seis penes. Pero a la muy zorra no le gustaban las prisas. Empezó con unos besos con los que a punto estuve de potarla dentro de la boca (se lo hubiera merecido sin duda, como mujer que es). Me metía la lengua hasta la laringe y la centrifugaba como una lavadora (eso sí, cuando hacía lo mismo con mi cimbel, sí que molaba, los centrifugados me lo dejaron limpito limpito) y su alitosis apestaba como una cagarro de marroquí (recordemos que la gente envejece por fuera y por dentro, y aunque lo interno no se aprecie a simple vista, la podrida decrepitud existe, y el aliento es la prueba tangible que lo demuestra).
Antes de que expulsara los tropiezos del salchichón del bocata que había merendado me la quité de encima y de un empujón la mandé a la cama. La empecé a despelotar y empezó la debacle. Lo que parecía una diosa, se convirtió en un adefesio repugnante. Ropa interior color carne, alforjas que le comprimían un huevo las tetas y braga-faja. Obviamente, cuando se las quitó, las tetas le cayeron hasta su oronda barriga, en la tripa una cicatriz de la hostia de una cesárea que le partía la kupela en vertical y no en horizontal (extrañísimo y asqueroso), culo extra fofo, como una masa de la que casi no se veía ni la raja que divide las nalgas, piernas celulíticas... La visión fue horripilante pero ya no podía escapar… así que comencé mi tarea.
Lo primero que descubrí es que no por tener hijos el potorro se queda oblicuo, hueco, orondo, mantecoso y gordinflón. Se ajusta al pene como un cinturón, así que sigue dando gustito. Lo que sí es curioso de las viejas es que segregan el flujo chochal a ratos, y a veces entra el badajo con suavidad y armonía, y al momento siguiente ni empujando como en una melé. Luego otra vez vuelve la armonía, luego otra vez hay que poner el pene en posición ariete para derribar las compuertas chochales… Y así todo el rato. Lo bueno de que no segreguen mucho flujo es que el chochamen no les canta tanto a rodaballo, pero con las viejas hay que hacer más ejercicio.
Cuando la tía se me puso encima fue cuando dije tierra trágame. Aparte de que tienen menos movilidad, y por tanto en esa posición también hay que seguir empujando a tope, a la tía le dio por escupirme dentro de la boca. Estuve apunto de cargar un buen japo y darle en todo el ojo, pero soy un caballero y me contuve. Eso sí, después del polvo y antes de irme, le dije que me comiera el rabo, que quería llevármelo limpito y reluciente, y ahí sí que le puse en el jeto una buena capa de crema hidratante calentita.
La experiencia fue terrorífica, aún recuerdo esa pasa grasosa y oronda botando encima mío con su tripa partida en dos verticalmente, soltando babas en mi boca y gritando como una soprano. Por un momento pensé que estaba con la Caballé. Para más INRI, al poco estuve con una de 22, una a la que conocí y chingué en la misma noche, y no precisamente en ese orden (hoy en día vienen muy guarras), fue un polvazo, por lo que aún te das más cuenta de la abismal diferencia que hay entre fornicar a una puta vieja o a una puta niñata de mierda.
Conclusión: Os podéis ahorrar el trance de catar a una vieja chocha con potorramen cedido. Apuntad a los 18 años y de ahí parriba. No os arriesgueis como yo, que semejante experiencia os puede dejar el pitito mirando eternamente pal suelo, cabizbajo y deprimido. Se negará a volver a ser utilizado para semejantes menesteres. Porque encima las viejas se enganchan y querrán seguir llamándoos y os perseguirán hasta la muerte (la suya, claro, que ya les queda poco), no como las putitas jóvenes éstas que vienen pisando fuerte, que cambian cada fin de semana y se intercambian los maromos entre las amigas… Así da gusto joder. Los de mi quinta las hemos catado por los pelos… Alabados sean los chochos jugosos.
Siempre me han repelido arrugas, varices, tetas caídas y chochos resecos, así que mi búsqueda del vejestorio adecuado debía ser muy minuciosa (más tarde me di cuenta de que por muy minucioso que sea, una vieja es una vieja, y el paso de los años afecta a todas por igual…). De hecho, las tías operadas también me echan pa’tras, así que encontrar una de avanzada edad (me refiero a partir de los 50), que esté medianamente potable y sea todo natural, parecía poco menos que una epopolla, digo epopeya.
Sin embargo soy un hombre afortunado, y no tardé en encontrar a una que me ponía bien cachondo. Guapa y con buenas perolas, no era gorda, pero sí lo suficiente para que las arrugas no se le marcaran demasiado… Se podría decir que a primera vista era una de esas famosas MQMF (Madre Que Me Follaría). Había una pega, marido y dos hijos de mi edad. A ella nunca se le había pasado por la cabeza serle infiel, pero que se le pusiera a tiro un buen mocetón como yo fue una tentación que pronto terminó por superarla.
Al poco tiempo llegó el fatídico día D. Me invitó a su casa un finde que estaba sola y enseguida se me tiró encima. Yo sólo la quería penetrar y largarme, tenía ganas de probar un chocho dado de sí, orondo y cavernoso, que ya ha parido dos retoños del tamaño de seis penes. Pero a la muy zorra no le gustaban las prisas. Empezó con unos besos con los que a punto estuve de potarla dentro de la boca (se lo hubiera merecido sin duda, como mujer que es). Me metía la lengua hasta la laringe y la centrifugaba como una lavadora (eso sí, cuando hacía lo mismo con mi cimbel, sí que molaba, los centrifugados me lo dejaron limpito limpito) y su alitosis apestaba como una cagarro de marroquí (recordemos que la gente envejece por fuera y por dentro, y aunque lo interno no se aprecie a simple vista, la podrida decrepitud existe, y el aliento es la prueba tangible que lo demuestra).
Antes de que expulsara los tropiezos del salchichón del bocata que había merendado me la quité de encima y de un empujón la mandé a la cama. La empecé a despelotar y empezó la debacle. Lo que parecía una diosa, se convirtió en un adefesio repugnante. Ropa interior color carne, alforjas que le comprimían un huevo las tetas y braga-faja. Obviamente, cuando se las quitó, las tetas le cayeron hasta su oronda barriga, en la tripa una cicatriz de la hostia de una cesárea que le partía la kupela en vertical y no en horizontal (extrañísimo y asqueroso), culo extra fofo, como una masa de la que casi no se veía ni la raja que divide las nalgas, piernas celulíticas... La visión fue horripilante pero ya no podía escapar… así que comencé mi tarea.
Lo primero que descubrí es que no por tener hijos el potorro se queda oblicuo, hueco, orondo, mantecoso y gordinflón. Se ajusta al pene como un cinturón, así que sigue dando gustito. Lo que sí es curioso de las viejas es que segregan el flujo chochal a ratos, y a veces entra el badajo con suavidad y armonía, y al momento siguiente ni empujando como en una melé. Luego otra vez vuelve la armonía, luego otra vez hay que poner el pene en posición ariete para derribar las compuertas chochales… Y así todo el rato. Lo bueno de que no segreguen mucho flujo es que el chochamen no les canta tanto a rodaballo, pero con las viejas hay que hacer más ejercicio.
Cuando la tía se me puso encima fue cuando dije tierra trágame. Aparte de que tienen menos movilidad, y por tanto en esa posición también hay que seguir empujando a tope, a la tía le dio por escupirme dentro de la boca. Estuve apunto de cargar un buen japo y darle en todo el ojo, pero soy un caballero y me contuve. Eso sí, después del polvo y antes de irme, le dije que me comiera el rabo, que quería llevármelo limpito y reluciente, y ahí sí que le puse en el jeto una buena capa de crema hidratante calentita.
La experiencia fue terrorífica, aún recuerdo esa pasa grasosa y oronda botando encima mío con su tripa partida en dos verticalmente, soltando babas en mi boca y gritando como una soprano. Por un momento pensé que estaba con la Caballé. Para más INRI, al poco estuve con una de 22, una a la que conocí y chingué en la misma noche, y no precisamente en ese orden (hoy en día vienen muy guarras), fue un polvazo, por lo que aún te das más cuenta de la abismal diferencia que hay entre fornicar a una puta vieja o a una puta niñata de mierda.
Conclusión: Os podéis ahorrar el trance de catar a una vieja chocha con potorramen cedido. Apuntad a los 18 años y de ahí parriba. No os arriesgueis como yo, que semejante experiencia os puede dejar el pitito mirando eternamente pal suelo, cabizbajo y deprimido. Se negará a volver a ser utilizado para semejantes menesteres. Porque encima las viejas se enganchan y querrán seguir llamándoos y os perseguirán hasta la muerte (la suya, claro, que ya les queda poco), no como las putitas jóvenes éstas que vienen pisando fuerte, que cambian cada fin de semana y se intercambian los maromos entre las amigas… Así da gusto joder. Los de mi quinta las hemos catado por los pelos… Alabados sean los chochos jugosos.
jueves, 23 de octubre de 2008
Odor aeris malus
Hola a todos una vez más queridos fans. ¿Pensabais que ya había fallecido a causa de una gonorrea sifilítica de hipopótamo contagiada por algún esfínter con almorranas del tamaño de una bellota? Pues no, mi pito se ha fortalecido a base de penetrar en chochos cavernosos y zongolotos y se ha convertido en todo un señor badajo a prueba de bombas. Síííí… sé que me echabais de menos, pero ya sabéis que lo bueno se hace esperar. Una de las premisas del marketing dice que el suspense, la incertidumbre, la espera, el desconocimiento, la omisión… logra acrecentar exponencialmente las expectativas que tiene el individuo sobre un acontecimiento próximo. Y eso es lo que he conseguido yo, teniéndoos en vilo todo este tiempo. Pero no os preocupéis, por fin he vuelto y podréis disfrutar leyendo mis venturas y desventuras.
Pero vaya, no he hecho más que empezar a escribir y ya me asalta un pensamiento que me reconcome por dentro y no me deja contaros la historia que había previsto, y viene al hilo de las almorranas belloteras que comentaba anteriormente… ¿Habrá realmente anos españoles que, como cuenta la leyenda, al igual que sucede con los porcinos alimentados con bellotas, pueden tener sabor a esfínter ibérico de bellota? Ojalá, pero yo realmente lo dudo mucho, porque todos los que he olisqueado en mis inmiscuidas chochales, y han sido muchos, atufaban a mierda que tiraba pa’ trás. Y eso a pesar de que las poseedoras de dichos desagues de ponzoña infernal eran grasientas obesas, cebadas a base de engullir todo tipo de embutidos Ibéricos de las casas extremeñas de más alto copete.
Porque no nos engañemos, por mucho que te frotes el ojete con la esponja mientras te duchas, el culo siempre va a oler a podrido. Sí, puede que durante el momento inmediatamente posterior a asearte el jerepe el aroma contenga una mezcla de esencias mentoladas y afrutadas, rosas y hierbabuena perfumada, pero recordemos que las paredes intestinales están impregnadas de chorongo sulfatado, y que en no mucho tiempo su fragancia letal gana la batalla.
Y no os digo nada si la persona u objeto sexual con tetas y sin cerebro a la que pertenece ese culo no efectúa la digestión de manera adecuada. Y es que yo he llegado a encontrarme una lenteja en mi pene después de dar por el culo a una gorda. No os quiero ni describir el tufo que desprendía mi pobre pilila tras aquel asalto, porque vomitaría a buen seguro sobre el teclado. Tendré ese hedor incrustado en la mente hasta el fin de mis días…
Otro ejemplo claro para explicar por qué un culo no puede nunca oler ni saber bien lo podemos encontrar en los odor aeris malus (del latín aeris -aire-; odor -olor-; y malus –malo-), más comúnmente conocidos como pedos, cuescos o giños vaporizados. Si no lo habéis comprobado, podéis hacerlo la próxima vez que comáis alubias. Está basado, como todo lo escrito aquí, en una experiencia real:
La cosa es que el primer pedo que te tiras en el día (independientemente de que te hayas duchado o no por la mañana) no suele oler mal. Es un pedo seco, potente, viril, que estaba en las inmediaciones del ano y que sale empujado por los gases que se han formado durante la noche, mucho más profundos y lejanos al pompis y por tanto portadores del olor absorvido de los gases putrefactos que se forman en el estómago al combustionar la comida. El resto de pedos, a medida que los gases profundos van empujando al otro gas y se van aproximando al esfínter, van ganando en consistencia y olor a mierda. Además de por el aroma, destacan porque salen calentitos. Cuando superas la docena de chuscos ya no hay dios que aguante el aura de putrefacción que te rodea, y lo más recomendable es ir al WC antes de que te despidan de la empresa. De esta manera la traca final da por concluida en el retrete, ya que, nunca mejor dicho, la retreta de ventosidades alcanza el cenit en este lugar, ayudada por el eco que hacen las paredes del señor Roca, que amplifican la sonoridad del evento. Llegado este caso, aconsejo llevar una linterna o el mismo móvil, para embellecer la mascletá con luces de colores (rara vez un pedo puede tener un color más allá del marrón, y siempre en el caso de que sea un pedo con sorpresa). Ojo! Nunca utilicéis para la luminosidad un mechero, ya que con tanto gas pululando por el cagadero la explosión es inminente y las fuerzas navales podrían derribaros al considerar que sóis un Objeto Volador No Identificado, propulsado por materia radiactiva, y que amenaza con invadir espacios aéreos internacionales.
Conclusión: Lo que quería decir es que si comes, quemas la comida, y esa combustión produce un gas putrefacto que acaba desembocando en el culo. Esto, unido a los residuos sólidos que se quedan sedimentados en el mismo trayecto tras el paso del chorongo, como si del cauce de un río se tratase, hacen que no haya culo que no huela mal y sepa peor. Por tanto, aprovecharemos los constipados y narices tapadas para degustar un ano con placidez, y el resto de días nos decantaremos por el resto de zonas herógenas, que las hay muchas y bien bonitas. Y dejaremos los esfínteres con sabor a lomo ibérico de bellota para nuestros más preciados sueños.
Bueno, pues hasta aquí la lección de hoy. Muy pronto volveré con la historia que quería contar desde el principio, y que tenía que ver con mis últimas desventuras protagonizadas junto a viejas y mamás. Una vez más, se tratará de un documento para que os andéis con ojo y no cometáis los crasos errores que hemos cometido mi cirilo y yo. Un abrazo y has pronto!
Pero vaya, no he hecho más que empezar a escribir y ya me asalta un pensamiento que me reconcome por dentro y no me deja contaros la historia que había previsto, y viene al hilo de las almorranas belloteras que comentaba anteriormente… ¿Habrá realmente anos españoles que, como cuenta la leyenda, al igual que sucede con los porcinos alimentados con bellotas, pueden tener sabor a esfínter ibérico de bellota? Ojalá, pero yo realmente lo dudo mucho, porque todos los que he olisqueado en mis inmiscuidas chochales, y han sido muchos, atufaban a mierda que tiraba pa’ trás. Y eso a pesar de que las poseedoras de dichos desagues de ponzoña infernal eran grasientas obesas, cebadas a base de engullir todo tipo de embutidos Ibéricos de las casas extremeñas de más alto copete.
Porque no nos engañemos, por mucho que te frotes el ojete con la esponja mientras te duchas, el culo siempre va a oler a podrido. Sí, puede que durante el momento inmediatamente posterior a asearte el jerepe el aroma contenga una mezcla de esencias mentoladas y afrutadas, rosas y hierbabuena perfumada, pero recordemos que las paredes intestinales están impregnadas de chorongo sulfatado, y que en no mucho tiempo su fragancia letal gana la batalla.
Y no os digo nada si la persona u objeto sexual con tetas y sin cerebro a la que pertenece ese culo no efectúa la digestión de manera adecuada. Y es que yo he llegado a encontrarme una lenteja en mi pene después de dar por el culo a una gorda. No os quiero ni describir el tufo que desprendía mi pobre pilila tras aquel asalto, porque vomitaría a buen seguro sobre el teclado. Tendré ese hedor incrustado en la mente hasta el fin de mis días…
Otro ejemplo claro para explicar por qué un culo no puede nunca oler ni saber bien lo podemos encontrar en los odor aeris malus (del latín aeris -aire-; odor -olor-; y malus –malo-), más comúnmente conocidos como pedos, cuescos o giños vaporizados. Si no lo habéis comprobado, podéis hacerlo la próxima vez que comáis alubias. Está basado, como todo lo escrito aquí, en una experiencia real:
La cosa es que el primer pedo que te tiras en el día (independientemente de que te hayas duchado o no por la mañana) no suele oler mal. Es un pedo seco, potente, viril, que estaba en las inmediaciones del ano y que sale empujado por los gases que se han formado durante la noche, mucho más profundos y lejanos al pompis y por tanto portadores del olor absorvido de los gases putrefactos que se forman en el estómago al combustionar la comida. El resto de pedos, a medida que los gases profundos van empujando al otro gas y se van aproximando al esfínter, van ganando en consistencia y olor a mierda. Además de por el aroma, destacan porque salen calentitos. Cuando superas la docena de chuscos ya no hay dios que aguante el aura de putrefacción que te rodea, y lo más recomendable es ir al WC antes de que te despidan de la empresa. De esta manera la traca final da por concluida en el retrete, ya que, nunca mejor dicho, la retreta de ventosidades alcanza el cenit en este lugar, ayudada por el eco que hacen las paredes del señor Roca, que amplifican la sonoridad del evento. Llegado este caso, aconsejo llevar una linterna o el mismo móvil, para embellecer la mascletá con luces de colores (rara vez un pedo puede tener un color más allá del marrón, y siempre en el caso de que sea un pedo con sorpresa). Ojo! Nunca utilicéis para la luminosidad un mechero, ya que con tanto gas pululando por el cagadero la explosión es inminente y las fuerzas navales podrían derribaros al considerar que sóis un Objeto Volador No Identificado, propulsado por materia radiactiva, y que amenaza con invadir espacios aéreos internacionales.
Conclusión: Lo que quería decir es que si comes, quemas la comida, y esa combustión produce un gas putrefacto que acaba desembocando en el culo. Esto, unido a los residuos sólidos que se quedan sedimentados en el mismo trayecto tras el paso del chorongo, como si del cauce de un río se tratase, hacen que no haya culo que no huela mal y sepa peor. Por tanto, aprovecharemos los constipados y narices tapadas para degustar un ano con placidez, y el resto de días nos decantaremos por el resto de zonas herógenas, que las hay muchas y bien bonitas. Y dejaremos los esfínteres con sabor a lomo ibérico de bellota para nuestros más preciados sueños.
Bueno, pues hasta aquí la lección de hoy. Muy pronto volveré con la historia que quería contar desde el principio, y que tenía que ver con mis últimas desventuras protagonizadas junto a viejas y mamás. Una vez más, se tratará de un documento para que os andéis con ojo y no cometáis los crasos errores que hemos cometido mi cirilo y yo. Un abrazo y has pronto!
martes, 4 de diciembre de 2007
Aquellos afortunados primates
No ha pasado mucho tiempo desde la última actualización del blog. Quizá por eso siga aún teniendo el alma triste y apesadumbrada. Y quizá por eso el tema de hoy vaya en la línea del anterior...
Veréis. El otro día estaba yo tan campante en el gimnasio ahí levantando mis pesitas, pensando en mis historias y ajeno a la realidad que me rodeaba, cuando de repente alcé la vista y observé, estupefacto pero también maravillado, algo que me ha estado quitando el sueño estas últimas noches y ha hecho resurgir los magnánimos callos que en su día se establecieron en mi mano derecha y que ya casi había olvidado que tenía allí.
En la cinta de correr había una tipa que no es que fuera ninguna maravilla, pero la cabrona tenía un culo acojonante, y llevaba unas mallas ajustaditas que le marcaban hasta el último milímetro de su fino tanga. No veáis como meneaba su pandereto mientras corría sobre la cinta. En un instante olvidé en qué estaba pensando y me entraron unas ganas de calzármela por detrás ahí mismo que no os podéis imaginar. Iba de camino a ella, decidido, con los ojos en blanco, la baba cayendo y el pene tieso como un ariete, cuando el puto subconsciente (que en ese momento era bastante más consciente que la verdadera consciencia) me hizo recordar que estaba en un lugar público y que en esta sociedad existe una cosa que se llama algo así como civismo, ética, moralidad o no sé qué cojones, que impide penetrar el falo en el primer chochete jugosillo que se te cruce sin que te metan en el trullo por violador. Y eso a pesar de que el culo en cuestión, con esas mallitas y esos tanguitas te esté diciendo constantemente “fóllame, fóllame”, vestidito para la ocasión. Es la ostia, porque estoy seguro de que esa zorra de mierda en el fondo prefería un millón de veces más follar como loca que estar haciendo el gilipollas encima de una puta cinta corredera. En fin muchachos, es lo que hay.
Hace millones de años, cuando éramos primates, aunque no nos conociéramos de nada y fuera la primera vez que nos veíamos, nos olisqueábamos los ñordos y no dejábamos agujero sin tapar, y nadie te decía nada. En todo caso te preguntaban quién daba la vez. Todos fornicando con todas, daba igual la hora y el lugar, qué hubiese otros gorilos mirando o no. Ante una escena así ahora nos tiraríamos de los pelos. O al menos lo aparentaríamos, aunque nos fascinara lo que tuviésemos delante y quisiérmaos agregarnos. ¿Y a esto le llaman evolucionar? Desde mi punto de vista lo que se ha producido es una clara involución, y no sólo por el tema sexual, por muchas otras cosas que no tiene aquí cabida denunciar. Qué afortunados aquellos primates. Amigos, hemos nacido en la era equicovada, o al menos de la especie equivocada. Perros, leones, ñús ornitorrincos o jirafos no tienen este problema. Cuán felices seríamos ahora si al entrar en la panadería le pudiéramos decir a la dependienta: “quiero una integral, una normal, y que te bajes los pantalones que te la voy a meter hasta las meninges”, y hacerlo. Ella feliz, yo feliz… Cuánto daño hizo la iglesia muchachos.
El caso es que esa puta sigue día tras día meneando su pandero en el gimnasio. Tiene a todo el mundo revolucionado, y si te fijas en las manos de la peña parece que los callos se han contagiado más deprisa que la gripe aviar. Se nota en el ambiente (y en los penes tiesos) que todos se la follarían ahí mismo, como un servidor. Y lo mismo que lo sé yo, lo sabe ella, y lo desea ella. Y cada uno luego a su casa a darle a la zambomba. ¡Es que es de locos! Habrá quien finalmente lo consiga, pero ya no es lo mismo. El instinto de zumbártela en ese primer momento y lograrlo no tiene precio. Aparte que, no nos engañemos, no lo va a conseguir ni dios. Maldita guarra.
Es en este punto donde entra en juego la psicología de coquilla o de castración. Es decir, como está claro que por mucho que sigas pensando en penetrar con brutalidad ese ano no lo vas a materializar, hay que dejar de pensarlo. ¿Y cómo se consigue? Pues por ejemplo imaginando que el culo está poblado de pelos, granos y lombrices, que le huele el coño a sulfatina, que su tanga está cagao, y que cuando visita el retrete deja toda la piedra pintada con una cagalera pútrida y blanca. Habrá otras maneras, pero ésta es igual de válida y la experiencia me dice que seguramente no irá muy desencaminada...
Veréis. El otro día estaba yo tan campante en el gimnasio ahí levantando mis pesitas, pensando en mis historias y ajeno a la realidad que me rodeaba, cuando de repente alcé la vista y observé, estupefacto pero también maravillado, algo que me ha estado quitando el sueño estas últimas noches y ha hecho resurgir los magnánimos callos que en su día se establecieron en mi mano derecha y que ya casi había olvidado que tenía allí.
En la cinta de correr había una tipa que no es que fuera ninguna maravilla, pero la cabrona tenía un culo acojonante, y llevaba unas mallas ajustaditas que le marcaban hasta el último milímetro de su fino tanga. No veáis como meneaba su pandereto mientras corría sobre la cinta. En un instante olvidé en qué estaba pensando y me entraron unas ganas de calzármela por detrás ahí mismo que no os podéis imaginar. Iba de camino a ella, decidido, con los ojos en blanco, la baba cayendo y el pene tieso como un ariete, cuando el puto subconsciente (que en ese momento era bastante más consciente que la verdadera consciencia) me hizo recordar que estaba en un lugar público y que en esta sociedad existe una cosa que se llama algo así como civismo, ética, moralidad o no sé qué cojones, que impide penetrar el falo en el primer chochete jugosillo que se te cruce sin que te metan en el trullo por violador. Y eso a pesar de que el culo en cuestión, con esas mallitas y esos tanguitas te esté diciendo constantemente “fóllame, fóllame”, vestidito para la ocasión. Es la ostia, porque estoy seguro de que esa zorra de mierda en el fondo prefería un millón de veces más follar como loca que estar haciendo el gilipollas encima de una puta cinta corredera. En fin muchachos, es lo que hay.
Hace millones de años, cuando éramos primates, aunque no nos conociéramos de nada y fuera la primera vez que nos veíamos, nos olisqueábamos los ñordos y no dejábamos agujero sin tapar, y nadie te decía nada. En todo caso te preguntaban quién daba la vez. Todos fornicando con todas, daba igual la hora y el lugar, qué hubiese otros gorilos mirando o no. Ante una escena así ahora nos tiraríamos de los pelos. O al menos lo aparentaríamos, aunque nos fascinara lo que tuviésemos delante y quisiérmaos agregarnos. ¿Y a esto le llaman evolucionar? Desde mi punto de vista lo que se ha producido es una clara involución, y no sólo por el tema sexual, por muchas otras cosas que no tiene aquí cabida denunciar. Qué afortunados aquellos primates. Amigos, hemos nacido en la era equicovada, o al menos de la especie equivocada. Perros, leones, ñús ornitorrincos o jirafos no tienen este problema. Cuán felices seríamos ahora si al entrar en la panadería le pudiéramos decir a la dependienta: “quiero una integral, una normal, y que te bajes los pantalones que te la voy a meter hasta las meninges”, y hacerlo. Ella feliz, yo feliz… Cuánto daño hizo la iglesia muchachos.
El caso es que esa puta sigue día tras día meneando su pandero en el gimnasio. Tiene a todo el mundo revolucionado, y si te fijas en las manos de la peña parece que los callos se han contagiado más deprisa que la gripe aviar. Se nota en el ambiente (y en los penes tiesos) que todos se la follarían ahí mismo, como un servidor. Y lo mismo que lo sé yo, lo sabe ella, y lo desea ella. Y cada uno luego a su casa a darle a la zambomba. ¡Es que es de locos! Habrá quien finalmente lo consiga, pero ya no es lo mismo. El instinto de zumbártela en ese primer momento y lograrlo no tiene precio. Aparte que, no nos engañemos, no lo va a conseguir ni dios. Maldita guarra.
Es en este punto donde entra en juego la psicología de coquilla o de castración. Es decir, como está claro que por mucho que sigas pensando en penetrar con brutalidad ese ano no lo vas a materializar, hay que dejar de pensarlo. ¿Y cómo se consigue? Pues por ejemplo imaginando que el culo está poblado de pelos, granos y lombrices, que le huele el coño a sulfatina, que su tanga está cagao, y que cuando visita el retrete deja toda la piedra pintada con una cagalera pútrida y blanca. Habrá otras maneras, pero ésta es igual de válida y la experiencia me dice que seguramente no irá muy desencaminada...
jueves, 29 de noviembre de 2007
Nostalgia del ayer
Antes de nada, disculpad esta prolongada ausencia. Sé que había cientos de miles de millones de internautas esperando mi reaparición en el blog, pero entre una cosa y otra no he tenido demasiado tiempo para actualizarlo. Además, qué carajo, lo bueno se hace esperar. Pero no os hagáis demasiadas ilusiones, que durante este destierro pocas historias cochinas nuevas me han sucedido. Es más, lejos de estar ocupado adentrándome en cavernáculos y jugosos chochámenes, mis tejemanejes han ido encaminados más bien por otros andurriales. Maldito trabajo. Pero no os preocupéis, que puedo tirar de archivo, jeje.
El caso es que es una putada esto de envejecer. “Tempus Fugit”, decía un amigo mío. Esta sencilla frase encierra la mismísima esencia de la vida: El tiempo pasa, huye, nada queda, todo cambia. Es inútil intentar abrazarse a un tiempo o a un lugar; a unas personas o a unas cosas, que van a pasar indefectiblemente. Todo está impregnado del profundo perfume de la fugacidad, que lo acompaña todo y le da su verdadera dimensión.
A ver, leyendo esto pensaréis que tengo ya pie y medio en la tumba. En absoluto, aún no he llegado ni a la treintena. Pero a estas alturas uno se va dando cuenta de que ya nada es como era antes. Ya no es fácil saborear esas tetitas tan turgentes que sólo poseen las jovencitas. Es muy raro que a estas edades no haya hecho mella ya en ellas la axiomática e implacable fuerza de la gravedad. Y más difícil todavía es pillar cacho con las jovencitas que apenas rozan la legalidad y que pueden contar los pelos de su mejillón con las palmas de una mano de hacerse las pajas (al menos sin pagar). Es cierto que de vez en cuando se cata a alguna veinte añera novatilla, incauta y lo suficientemente ingenua para pensar que nos la follamos por amor. Pero la inocencia que se aparenta cuando eres un chaval de 17 y que te pone a todas las guarrillas en la punta del pene (en esas edades tampoco importa que sean madurillas), eso, eso……, eso no tiene precio.
¿Y qué hacemos ahora? Pues joder con cerdas fofas de mierda, a las que no sabes si meter el ciruelo por el chocho, por el ano, por la boca pa que se calle la puta, o por uno de los boquetes que la celulitis deja en sus pútridos cuerpos. A mi pene no le importa, pero a mí sí. Por eso cuando las jornadas laborales aprietan como en esta última temporada, la del destierro absoluto, dejo un poco de lado, sorprendentemente sin que me importe demasiado, el mundo del folleteo. Ay… qué tiempos aquellos en los que taladraba potorros sin tregua y nada calmaba nuestra sed (la mía y la de mi calandraca)… Pero es que las zorras de más de 30 ya no motivan joder…
En fin, por esta vez habéis conseguido sacar de mí mi lado más nostálgico y humano. Pero no os confiéis. Prometo que la próxima vez volverá el pene optimista y batallador que todos conocéis. Temblad chochos orondos y firmes berenjenas. El pene más dicharachero ha vuelto. Y os va a hacer gozar.
El caso es que es una putada esto de envejecer. “Tempus Fugit”, decía un amigo mío. Esta sencilla frase encierra la mismísima esencia de la vida: El tiempo pasa, huye, nada queda, todo cambia. Es inútil intentar abrazarse a un tiempo o a un lugar; a unas personas o a unas cosas, que van a pasar indefectiblemente. Todo está impregnado del profundo perfume de la fugacidad, que lo acompaña todo y le da su verdadera dimensión.
A ver, leyendo esto pensaréis que tengo ya pie y medio en la tumba. En absoluto, aún no he llegado ni a la treintena. Pero a estas alturas uno se va dando cuenta de que ya nada es como era antes. Ya no es fácil saborear esas tetitas tan turgentes que sólo poseen las jovencitas. Es muy raro que a estas edades no haya hecho mella ya en ellas la axiomática e implacable fuerza de la gravedad. Y más difícil todavía es pillar cacho con las jovencitas que apenas rozan la legalidad y que pueden contar los pelos de su mejillón con las palmas de una mano de hacerse las pajas (al menos sin pagar). Es cierto que de vez en cuando se cata a alguna veinte añera novatilla, incauta y lo suficientemente ingenua para pensar que nos la follamos por amor. Pero la inocencia que se aparenta cuando eres un chaval de 17 y que te pone a todas las guarrillas en la punta del pene (en esas edades tampoco importa que sean madurillas), eso, eso……, eso no tiene precio.
¿Y qué hacemos ahora? Pues joder con cerdas fofas de mierda, a las que no sabes si meter el ciruelo por el chocho, por el ano, por la boca pa que se calle la puta, o por uno de los boquetes que la celulitis deja en sus pútridos cuerpos. A mi pene no le importa, pero a mí sí. Por eso cuando las jornadas laborales aprietan como en esta última temporada, la del destierro absoluto, dejo un poco de lado, sorprendentemente sin que me importe demasiado, el mundo del folleteo. Ay… qué tiempos aquellos en los que taladraba potorros sin tregua y nada calmaba nuestra sed (la mía y la de mi calandraca)… Pero es que las zorras de más de 30 ya no motivan joder…
En fin, por esta vez habéis conseguido sacar de mí mi lado más nostálgico y humano. Pero no os confiéis. Prometo que la próxima vez volverá el pene optimista y batallador que todos conocéis. Temblad chochos orondos y firmes berenjenas. El pene más dicharachero ha vuelto. Y os va a hacer gozar.
lunes, 20 de agosto de 2007
El paraíso del melonar
A pesar de que no hago ascos a ningún tipo de chochete (con la rara excepción de algún potorro en cuyos pelos he llegado a hallar con gran sorpresa una especie de mocos amarillos adheridos, y del cual emanaba un pútrido tufo a cacahuete. Sí, he dicho bien, cacahuete, pero el que sale del ano del elefante al término de su proceso digestivo –y la cerda de ella parecía limpia, joder cómo tendría el culo-), siempre he tenido una especial predilección por aquellos que pertenecen a una mujer cuyas tetas sólo pueden ser sostenidas por alforjas para que no toquen el suelo. Sé que es una obsesión estúpida, que sólo son dos pechos, pero sentir cómo golpean mi cabeza dos descomunales ubres mientras cabalgan sobre mi salchichón es para mí un placer sólo equiparable al que debe sentir Hugh Hefner cada día en su jacuzzi. Si me dan a elegir prefiero unas boinas que desborden mis manos y venzan la fuerza de mis brazos a tocar dos tetas y no saber que las estoy tocando.
El problema es que tener un buen melonar suele implicar que el porcentaje de grasa corporal de la dueña también sea considerable. Y a pesar de que he catado orondo pezón de auténticas sílfides, he de reconocer que la gran mayoría no podían verse los pies porque la barriga asomaba incluso por encima de sus berenjenas (me encanta utilizar como analogía frutas y hortalizas). Esta ley matemática es una jodienda, nunca mejor dicho, porque las putas gordas también son, con diferencia, la especie animal, junto a ballenatos y focas monje, cuyos chochámenes más cantan a besuguillo. No soy un experto en esta materia, pero creo que debe ser porque las toxinas en forma de grasa se mezclan con los flujos vaginales dando como resultado un cóctel mortal. Por eso las ballenas están en peligro de extinción, porque los pobres ballenatos no quieren copular, espantados por ese hedor a chorongo.
El caso es que he estado a punto de morir asfixiado en más de una ocasión, ya que doy todo de mí a la hora de chupar coños, aunque sean olorosos, para que la mujer goce y quiera repetir. También ha habido veces en las que no he aguantado ni cinco segundos, porque se notaba demasiado que tomaba grandes bocanadas de aire entre lamida y lamida y ella iba a sospechar. Así que raudo y veloz le suelto la mítica frase: “Es que me pones tan cachondo que no puedo aguantar ni un segundo más sin meterte el ciringolo” (como iréis comprobando a lo largo de este blog, existen multitud de frases para salir airoso de las peores situaciones que se pueden dar en cada momento, un día haré un repaso de algunas de ellas).
En resumen, si un día quieres un polvete sin riesgos, placentero pero sin grandes alardes, fóllate a una delgadita. Pero si te van las aventuras y las emociones fuertes, y quieres echar un casquete magnánimo, arriésgate con una gorda de mierda, el terremoto provocado por sus cocobongos en movimiento te llevarán al éxtasis.
Dejaré para otro capítulo el tema de las gordas que encima no tienen tetas. La especie más asquerosa e inútil que hay en la faz de la tierra y cuyo exterminio debería ser aprobado por las autoridades en un plazo no superior a 7 años ni menor a 6.
El problema es que tener un buen melonar suele implicar que el porcentaje de grasa corporal de la dueña también sea considerable. Y a pesar de que he catado orondo pezón de auténticas sílfides, he de reconocer que la gran mayoría no podían verse los pies porque la barriga asomaba incluso por encima de sus berenjenas (me encanta utilizar como analogía frutas y hortalizas). Esta ley matemática es una jodienda, nunca mejor dicho, porque las putas gordas también son, con diferencia, la especie animal, junto a ballenatos y focas monje, cuyos chochámenes más cantan a besuguillo. No soy un experto en esta materia, pero creo que debe ser porque las toxinas en forma de grasa se mezclan con los flujos vaginales dando como resultado un cóctel mortal. Por eso las ballenas están en peligro de extinción, porque los pobres ballenatos no quieren copular, espantados por ese hedor a chorongo.
El caso es que he estado a punto de morir asfixiado en más de una ocasión, ya que doy todo de mí a la hora de chupar coños, aunque sean olorosos, para que la mujer goce y quiera repetir. También ha habido veces en las que no he aguantado ni cinco segundos, porque se notaba demasiado que tomaba grandes bocanadas de aire entre lamida y lamida y ella iba a sospechar. Así que raudo y veloz le suelto la mítica frase: “Es que me pones tan cachondo que no puedo aguantar ni un segundo más sin meterte el ciringolo” (como iréis comprobando a lo largo de este blog, existen multitud de frases para salir airoso de las peores situaciones que se pueden dar en cada momento, un día haré un repaso de algunas de ellas).
En resumen, si un día quieres un polvete sin riesgos, placentero pero sin grandes alardes, fóllate a una delgadita. Pero si te van las aventuras y las emociones fuertes, y quieres echar un casquete magnánimo, arriésgate con una gorda de mierda, el terremoto provocado por sus cocobongos en movimiento te llevarán al éxtasis.
Dejaré para otro capítulo el tema de las gordas que encima no tienen tetas. La especie más asquerosa e inútil que hay en la faz de la tierra y cuyo exterminio debería ser aprobado por las autoridades en un plazo no superior a 7 años ni menor a 6.
viernes, 10 de agosto de 2007
Presentación
Estimados lectores;
Esta es una breve presentación para que conozcáis la clase de calaña de la que está compuesta el sujeto que suscribe. Básicamente me defino como un penetrador. Esa es la palabra clave que describe mi comportamiento en los últimos 29 años, es decir, desde que mi madre me sacó por su chochamen. Desde ese preciso instante mis pensamientos sólo han estado centrados en tratar por todos los medios de olisquear el mayor número de chochetes posibles para después, si son del gusto de mis papilas olfativas, penetrarlos con orgullo por mi falo juguetón, un falo que no cesa en su empeño de buscar cobijo y calorcito en los potorrines más dispares.
Como ya habréis comprobado, el mecanismo es claro, mi pene domina sobre mi conciencia. Siempre gana la batalla, y hace mucho tiempo que mi cerebro y mi corazón dejaron de luchar en una absurda guerra en la que los deseos del cipote siempre salen victoriosos. En realidad no soy ningún bicho raro que forme parte de una reducida estirpe o colectividad. Muy al contrario, el 99% de los varones sólo piensan en calzar su trompetilla, al igual que un servidor, sólo que yo lo reconozco y lo grito a los cuatro vientos con gozo y algarabía.
Tampoco es que esté las 24 horas del día intentando mojar el badajo. El trabajo, el deporte y otras aficiones mantienen aletargado a mi ciruelón, pero cuando abandono estos cometidos y se despierta, se me nubla el pensamiento y es él quien toma el control. Es mi pitilín el que ordena a mis manos que aprieten el botón acertado del móvil para avisar al chocho jugoso en cuestión, el que más le apetezca en ese momento que, como suele ser habitual, ya está preparado para la cópula (tengo una guía con potorrotos disponibles que sigue incrementándose semana tra semana, a veces también decrementa, claro).
En este blog contaré mis andanzas (más bien las andanzas de mi canutón) por esos chochos de Dios. Espero que estéis atentos porque algunas de las historietas son inauditas, como la de la lenteja o la de los aposentos con espejos. Ya os contaré ya... Espero que os guste como a mi cirilo las almejillas.
PD: Es importante que sepáis que quien escribe en todo momento es mi pene. A ver, no es que esté dándole al teclao con la punta del capullo, sino que es mi cantimpalo el que manda las órdenes al resto de extremidades. Bueno, os dejo ya, un oloroso chocho me está esperando (que suerte tienen los pitos de no tener nariz).
Esta es una breve presentación para que conozcáis la clase de calaña de la que está compuesta el sujeto que suscribe. Básicamente me defino como un penetrador. Esa es la palabra clave que describe mi comportamiento en los últimos 29 años, es decir, desde que mi madre me sacó por su chochamen. Desde ese preciso instante mis pensamientos sólo han estado centrados en tratar por todos los medios de olisquear el mayor número de chochetes posibles para después, si son del gusto de mis papilas olfativas, penetrarlos con orgullo por mi falo juguetón, un falo que no cesa en su empeño de buscar cobijo y calorcito en los potorrines más dispares.
Como ya habréis comprobado, el mecanismo es claro, mi pene domina sobre mi conciencia. Siempre gana la batalla, y hace mucho tiempo que mi cerebro y mi corazón dejaron de luchar en una absurda guerra en la que los deseos del cipote siempre salen victoriosos. En realidad no soy ningún bicho raro que forme parte de una reducida estirpe o colectividad. Muy al contrario, el 99% de los varones sólo piensan en calzar su trompetilla, al igual que un servidor, sólo que yo lo reconozco y lo grito a los cuatro vientos con gozo y algarabía.
Tampoco es que esté las 24 horas del día intentando mojar el badajo. El trabajo, el deporte y otras aficiones mantienen aletargado a mi ciruelón, pero cuando abandono estos cometidos y se despierta, se me nubla el pensamiento y es él quien toma el control. Es mi pitilín el que ordena a mis manos que aprieten el botón acertado del móvil para avisar al chocho jugoso en cuestión, el que más le apetezca en ese momento que, como suele ser habitual, ya está preparado para la cópula (tengo una guía con potorrotos disponibles que sigue incrementándose semana tra semana, a veces también decrementa, claro).
En este blog contaré mis andanzas (más bien las andanzas de mi canutón) por esos chochos de Dios. Espero que estéis atentos porque algunas de las historietas son inauditas, como la de la lenteja o la de los aposentos con espejos. Ya os contaré ya... Espero que os guste como a mi cirilo las almejillas.
PD: Es importante que sepáis que quien escribe en todo momento es mi pene. A ver, no es que esté dándole al teclao con la punta del capullo, sino que es mi cantimpalo el que manda las órdenes al resto de extremidades. Bueno, os dejo ya, un oloroso chocho me está esperando (que suerte tienen los pitos de no tener nariz).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)