jueves, 23 de octubre de 2008

Odor aeris malus

Hola a todos una vez más queridos fans. ¿Pensabais que ya había fallecido a causa de una gonorrea sifilítica de hipopótamo contagiada por algún esfínter con almorranas del tamaño de una bellota? Pues no, mi pito se ha fortalecido a base de penetrar en chochos cavernosos y zongolotos y se ha convertido en todo un señor badajo a prueba de bombas. Síííí… sé que me echabais de menos, pero ya sabéis que lo bueno se hace esperar. Una de las premisas del marketing dice que el suspense, la incertidumbre, la espera, el desconocimiento, la omisión… logra acrecentar exponencialmente las expectativas que tiene el individuo sobre un acontecimiento próximo. Y eso es lo que he conseguido yo, teniéndoos en vilo todo este tiempo. Pero no os preocupéis, por fin he vuelto y podréis disfrutar leyendo mis venturas y desventuras.

Pero vaya, no he hecho más que empezar a escribir y ya me asalta un pensamiento que me reconcome por dentro y no me deja contaros la historia que había previsto, y viene al hilo de las almorranas belloteras que comentaba anteriormente… ¿Habrá realmente anos españoles que, como cuenta la leyenda, al igual que sucede con los porcinos alimentados con bellotas, pueden tener sabor a esfínter ibérico de bellota? Ojalá, pero yo realmente lo dudo mucho, porque todos los que he olisqueado en mis inmiscuidas chochales, y han sido muchos, atufaban a mierda que tiraba pa’ trás. Y eso a pesar de que las poseedoras de dichos desagues de ponzoña infernal eran grasientas obesas, cebadas a base de engullir todo tipo de embutidos Ibéricos de las casas extremeñas de más alto copete.

Porque no nos engañemos, por mucho que te frotes el ojete con la esponja mientras te duchas, el culo siempre va a oler a podrido. Sí, puede que durante el momento inmediatamente posterior a asearte el jerepe el aroma contenga una mezcla de esencias mentoladas y afrutadas, rosas y hierbabuena perfumada, pero recordemos que las paredes intestinales están impregnadas de chorongo sulfatado, y que en no mucho tiempo su fragancia letal gana la batalla.

Y no os digo nada si la persona u objeto sexual con tetas y sin cerebro a la que pertenece ese culo no efectúa la digestión de manera adecuada. Y es que yo he llegado a encontrarme una lenteja en mi pene después de dar por el culo a una gorda. No os quiero ni describir el tufo que desprendía mi pobre pilila tras aquel asalto, porque vomitaría a buen seguro sobre el teclado. Tendré ese hedor incrustado en la mente hasta el fin de mis días…

Otro ejemplo claro para explicar por qué un culo no puede nunca oler ni saber bien lo podemos encontrar en los odor aeris malus (del latín aeris -aire-; odor -olor-; y malus –malo-), más comúnmente conocidos como pedos, cuescos o giños vaporizados. Si no lo habéis comprobado, podéis hacerlo la próxima vez que comáis alubias. Está basado, como todo lo escrito aquí, en una experiencia real:

La cosa es que el primer pedo que te tiras en el día (independientemente de que te hayas duchado o no por la mañana) no suele oler mal. Es un pedo seco, potente, viril, que estaba en las inmediaciones del ano y que sale empujado por los gases que se han formado durante la noche, mucho más profundos y lejanos al pompis y por tanto portadores del olor absorvido de los gases putrefactos que se forman en el estómago al combustionar la comida. El resto de pedos, a medida que los gases profundos van empujando al otro gas y se van aproximando al esfínter, van ganando en consistencia y olor a mierda. Además de por el aroma, destacan porque salen calentitos. Cuando superas la docena de chuscos ya no hay dios que aguante el aura de putrefacción que te rodea, y lo más recomendable es ir al WC antes de que te despidan de la empresa. De esta manera la traca final da por concluida en el retrete, ya que, nunca mejor dicho, la retreta de ventosidades alcanza el cenit en este lugar, ayudada por el eco que hacen las paredes del señor Roca, que amplifican la sonoridad del evento. Llegado este caso, aconsejo llevar una linterna o el mismo móvil, para embellecer la mascletá con luces de colores (rara vez un pedo puede tener un color más allá del marrón, y siempre en el caso de que sea un pedo con sorpresa). Ojo! Nunca utilicéis para la luminosidad un mechero, ya que con tanto gas pululando por el cagadero la explosión es inminente y las fuerzas navales podrían derribaros al considerar que sóis un Objeto Volador No Identificado, propulsado por materia radiactiva, y que amenaza con invadir espacios aéreos internacionales.

Conclusión: Lo que quería decir es que si comes, quemas la comida, y esa combustión produce un gas putrefacto que acaba desembocando en el culo. Esto, unido a los residuos sólidos que se quedan sedimentados en el mismo trayecto tras el paso del chorongo, como si del cauce de un río se tratase, hacen que no haya culo que no huela mal y sepa peor. Por tanto, aprovecharemos los constipados y narices tapadas para degustar un ano con placidez, y el resto de días nos decantaremos por el resto de zonas herógenas, que las hay muchas y bien bonitas. Y dejaremos los esfínteres con sabor a lomo ibérico de bellota para nuestros más preciados sueños.

Bueno, pues hasta aquí la lección de hoy. Muy pronto volveré con la historia que quería contar desde el principio, y que tenía que ver con mis últimas desventuras protagonizadas junto a viejas y mamás. Una vez más, se tratará de un documento para que os andéis con ojo y no cometáis los crasos errores que hemos cometido mi cirilo y yo. Un abrazo y has pronto!

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