lunes, 20 de agosto de 2007

El paraíso del melonar

A pesar de que no hago ascos a ningún tipo de chochete (con la rara excepción de algún potorro en cuyos pelos he llegado a hallar con gran sorpresa una especie de mocos amarillos adheridos, y del cual emanaba un pútrido tufo a cacahuete. Sí, he dicho bien, cacahuete, pero el que sale del ano del elefante al término de su proceso digestivo –y la cerda de ella parecía limpia, joder cómo tendría el culo-), siempre he tenido una especial predilección por aquellos que pertenecen a una mujer cuyas tetas sólo pueden ser sostenidas por alforjas para que no toquen el suelo. Sé que es una obsesión estúpida, que sólo son dos pechos, pero sentir cómo golpean mi cabeza dos descomunales ubres mientras cabalgan sobre mi salchichón es para mí un placer sólo equiparable al que debe sentir Hugh Hefner cada día en su jacuzzi. Si me dan a elegir prefiero unas boinas que desborden mis manos y venzan la fuerza de mis brazos a tocar dos tetas y no saber que las estoy tocando.

El problema es que tener un buen melonar suele implicar que el porcentaje de grasa corporal de la dueña también sea considerable. Y a pesar de que he catado orondo pezón de auténticas sílfides, he de reconocer que la gran mayoría no podían verse los pies porque la barriga asomaba incluso por encima de sus berenjenas (me encanta utilizar como analogía frutas y hortalizas). Esta ley matemática es una jodienda, nunca mejor dicho, porque las putas gordas también son, con diferencia, la especie animal, junto a ballenatos y focas monje, cuyos chochámenes más cantan a besuguillo. No soy un experto en esta materia, pero creo que debe ser porque las toxinas en forma de grasa se mezclan con los flujos vaginales dando como resultado un cóctel mortal. Por eso las ballenas están en peligro de extinción, porque los pobres ballenatos no quieren copular, espantados por ese hedor a chorongo.

El caso es que he estado a punto de morir asfixiado en más de una ocasión, ya que doy todo de mí a la hora de chupar coños, aunque sean olorosos, para que la mujer goce y quiera repetir. También ha habido veces en las que no he aguantado ni cinco segundos, porque se notaba demasiado que tomaba grandes bocanadas de aire entre lamida y lamida y ella iba a sospechar. Así que raudo y veloz le suelto la mítica frase: “Es que me pones tan cachondo que no puedo aguantar ni un segundo más sin meterte el ciringolo” (como iréis comprobando a lo largo de este blog, existen multitud de frases para salir airoso de las peores situaciones que se pueden dar en cada momento, un día haré un repaso de algunas de ellas).

En resumen, si un día quieres un polvete sin riesgos, placentero pero sin grandes alardes, fóllate a una delgadita. Pero si te van las aventuras y las emociones fuertes, y quieres echar un casquete magnánimo, arriésgate con una gorda de mierda, el terremoto provocado por sus cocobongos en movimiento te llevarán al éxtasis.

Dejaré para otro capítulo el tema de las gordas que encima no tienen tetas. La especie más asquerosa e inútil que hay en la faz de la tierra y cuyo exterminio debería ser aprobado por las autoridades en un plazo no superior a 7 años ni menor a 6.

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