jueves, 30 de octubre de 2008

Maaaaaamita, lo mejor, la mamadita

Una de las experiencias más espantosas que he tenido en mis andanzas fornicadoras ha sido hacerlo con una vieja. Dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo, y si nuestros mayores prefieren hacérselo con jovencitas, por algo será. Sin embargo yo soy de esa clase de incrédulos que si no lo ven con sus propios ojos no se suele fiar, y me apetecía catar a una mamita. Craso error.

Siempre me han repelido arrugas, varices, tetas caídas y chochos resecos, así que mi búsqueda del vejestorio adecuado debía ser muy minuciosa (más tarde me di cuenta de que por muy minucioso que sea, una vieja es una vieja, y el paso de los años afecta a todas por igual…). De hecho, las tías operadas también me echan pa’tras, así que encontrar una de avanzada edad (me refiero a partir de los 50), que esté medianamente potable y sea todo natural, parecía poco menos que una epopolla, digo epopeya.

Sin embargo soy un hombre afortunado, y no tardé en encontrar a una que me ponía bien cachondo. Guapa y con buenas perolas, no era gorda, pero sí lo suficiente para que las arrugas no se le marcaran demasiado… Se podría decir que a primera vista era una de esas famosas MQMF (Madre Que Me Follaría). Había una pega, marido y dos hijos de mi edad. A ella nunca se le había pasado por la cabeza serle infiel, pero que se le pusiera a tiro un buen mocetón como yo fue una tentación que pronto terminó por superarla.

Al poco tiempo llegó el fatídico día D. Me invitó a su casa un finde que estaba sola y enseguida se me tiró encima. Yo sólo la quería penetrar y largarme, tenía ganas de probar un chocho dado de sí, orondo y cavernoso, que ya ha parido dos retoños del tamaño de seis penes. Pero a la muy zorra no le gustaban las prisas. Empezó con unos besos con los que a punto estuve de potarla dentro de la boca (se lo hubiera merecido sin duda, como mujer que es). Me metía la lengua hasta la laringe y la centrifugaba como una lavadora (eso sí, cuando hacía lo mismo con mi cimbel, sí que molaba, los centrifugados me lo dejaron limpito limpito) y su alitosis apestaba como una cagarro de marroquí (recordemos que la gente envejece por fuera y por dentro, y aunque lo interno no se aprecie a simple vista, la podrida decrepitud existe, y el aliento es la prueba tangible que lo demuestra).

Antes de que expulsara los tropiezos del salchichón del bocata que había merendado me la quité de encima y de un empujón la mandé a la cama. La empecé a despelotar y empezó la debacle. Lo que parecía una diosa, se convirtió en un adefesio repugnante. Ropa interior color carne, alforjas que le comprimían un huevo las tetas y braga-faja. Obviamente, cuando se las quitó, las tetas le cayeron hasta su oronda barriga, en la tripa una cicatriz de la hostia de una cesárea que le partía la kupela en vertical y no en horizontal (extrañísimo y asqueroso), culo extra fofo, como una masa de la que casi no se veía ni la raja que divide las nalgas, piernas celulíticas... La visión fue horripilante pero ya no podía escapar… así que comencé mi tarea.

Lo primero que descubrí es que no por tener hijos el potorro se queda oblicuo, hueco, orondo, mantecoso y gordinflón. Se ajusta al pene como un cinturón, así que sigue dando gustito. Lo que sí es curioso de las viejas es que segregan el flujo chochal a ratos, y a veces entra el badajo con suavidad y armonía, y al momento siguiente ni empujando como en una melé. Luego otra vez vuelve la armonía, luego otra vez hay que poner el pene en posición ariete para derribar las compuertas chochales… Y así todo el rato. Lo bueno de que no segreguen mucho flujo es que el chochamen no les canta tanto a rodaballo, pero con las viejas hay que hacer más ejercicio.

Cuando la tía se me puso encima fue cuando dije tierra trágame. Aparte de que tienen menos movilidad, y por tanto en esa posición también hay que seguir empujando a tope, a la tía le dio por escupirme dentro de la boca. Estuve apunto de cargar un buen japo y darle en todo el ojo, pero soy un caballero y me contuve. Eso sí, después del polvo y antes de irme, le dije que me comiera el rabo, que quería llevármelo limpito y reluciente, y ahí sí que le puse en el jeto una buena capa de crema hidratante calentita.

La experiencia fue terrorífica, aún recuerdo esa pasa grasosa y oronda botando encima mío con su tripa partida en dos verticalmente, soltando babas en mi boca y gritando como una soprano. Por un momento pensé que estaba con la Caballé. Para más INRI, al poco estuve con una de 22, una a la que conocí y chingué en la misma noche, y no precisamente en ese orden (hoy en día vienen muy guarras), fue un polvazo, por lo que aún te das más cuenta de la abismal diferencia que hay entre fornicar a una puta vieja o a una puta niñata de mierda.

Conclusión: Os podéis ahorrar el trance de catar a una vieja chocha con potorramen cedido. Apuntad a los 18 años y de ahí parriba. No os arriesgueis como yo, que semejante experiencia os puede dejar el pitito mirando eternamente pal suelo, cabizbajo y deprimido. Se negará a volver a ser utilizado para semejantes menesteres. Porque encima las viejas se enganchan y querrán seguir llamándoos y os perseguirán hasta la muerte (la suya, claro, que ya les queda poco), no como las putitas jóvenes éstas que vienen pisando fuerte, que cambian cada fin de semana y se intercambian los maromos entre las amigas… Así da gusto joder. Los de mi quinta las hemos catado por los pelos… Alabados sean los chochos jugosos.

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