No ha pasado mucho tiempo desde la última actualización del blog. Quizá por eso siga aún teniendo el alma triste y apesadumbrada. Y quizá por eso el tema de hoy vaya en la línea del anterior...
Veréis. El otro día estaba yo tan campante en el gimnasio ahí levantando mis pesitas, pensando en mis historias y ajeno a la realidad que me rodeaba, cuando de repente alcé la vista y observé, estupefacto pero también maravillado, algo que me ha estado quitando el sueño estas últimas noches y ha hecho resurgir los magnánimos callos que en su día se establecieron en mi mano derecha y que ya casi había olvidado que tenía allí.
En la cinta de correr había una tipa que no es que fuera ninguna maravilla, pero la cabrona tenía un culo acojonante, y llevaba unas mallas ajustaditas que le marcaban hasta el último milímetro de su fino tanga. No veáis como meneaba su pandereto mientras corría sobre la cinta. En un instante olvidé en qué estaba pensando y me entraron unas ganas de calzármela por detrás ahí mismo que no os podéis imaginar. Iba de camino a ella, decidido, con los ojos en blanco, la baba cayendo y el pene tieso como un ariete, cuando el puto subconsciente (que en ese momento era bastante más consciente que la verdadera consciencia) me hizo recordar que estaba en un lugar público y que en esta sociedad existe una cosa que se llama algo así como civismo, ética, moralidad o no sé qué cojones, que impide penetrar el falo en el primer chochete jugosillo que se te cruce sin que te metan en el trullo por violador. Y eso a pesar de que el culo en cuestión, con esas mallitas y esos tanguitas te esté diciendo constantemente “fóllame, fóllame”, vestidito para la ocasión. Es la ostia, porque estoy seguro de que esa zorra de mierda en el fondo prefería un millón de veces más follar como loca que estar haciendo el gilipollas encima de una puta cinta corredera. En fin muchachos, es lo que hay.
Hace millones de años, cuando éramos primates, aunque no nos conociéramos de nada y fuera la primera vez que nos veíamos, nos olisqueábamos los ñordos y no dejábamos agujero sin tapar, y nadie te decía nada. En todo caso te preguntaban quién daba la vez. Todos fornicando con todas, daba igual la hora y el lugar, qué hubiese otros gorilos mirando o no. Ante una escena así ahora nos tiraríamos de los pelos. O al menos lo aparentaríamos, aunque nos fascinara lo que tuviésemos delante y quisiérmaos agregarnos. ¿Y a esto le llaman evolucionar? Desde mi punto de vista lo que se ha producido es una clara involución, y no sólo por el tema sexual, por muchas otras cosas que no tiene aquí cabida denunciar. Qué afortunados aquellos primates. Amigos, hemos nacido en la era equicovada, o al menos de la especie equivocada. Perros, leones, ñús ornitorrincos o jirafos no tienen este problema. Cuán felices seríamos ahora si al entrar en la panadería le pudiéramos decir a la dependienta: “quiero una integral, una normal, y que te bajes los pantalones que te la voy a meter hasta las meninges”, y hacerlo. Ella feliz, yo feliz… Cuánto daño hizo la iglesia muchachos.
El caso es que esa puta sigue día tras día meneando su pandero en el gimnasio. Tiene a todo el mundo revolucionado, y si te fijas en las manos de la peña parece que los callos se han contagiado más deprisa que la gripe aviar. Se nota en el ambiente (y en los penes tiesos) que todos se la follarían ahí mismo, como un servidor. Y lo mismo que lo sé yo, lo sabe ella, y lo desea ella. Y cada uno luego a su casa a darle a la zambomba. ¡Es que es de locos! Habrá quien finalmente lo consiga, pero ya no es lo mismo. El instinto de zumbártela en ese primer momento y lograrlo no tiene precio. Aparte que, no nos engañemos, no lo va a conseguir ni dios. Maldita guarra.
Es en este punto donde entra en juego la psicología de coquilla o de castración. Es decir, como está claro que por mucho que sigas pensando en penetrar con brutalidad ese ano no lo vas a materializar, hay que dejar de pensarlo. ¿Y cómo se consigue? Pues por ejemplo imaginando que el culo está poblado de pelos, granos y lombrices, que le huele el coño a sulfatina, que su tanga está cagao, y que cuando visita el retrete deja toda la piedra pintada con una cagalera pútrida y blanca. Habrá otras maneras, pero ésta es igual de válida y la experiencia me dice que seguramente no irá muy desencaminada...
martes, 4 de diciembre de 2007
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2 comentarios:
Pues todos esos señores del gimnasio podrían haberse dado por culo unos a otros para aliviar sus calenturas... como hacen los primates.
Bromas aparte, tu reflexión me parece muy... profunda.
;)
Pues no te voy a quitar razón. Pero no tengo tan claro que los primates se den por culo unos a otros para aliviar sus calenturas. Algún mandril depravado sí que habrá por ahí (no hay más que ver cómo tienen el culo pelao), lo mismo que quizá haya en el gimnasio alguno al que no le importe ponerse mirando a cuenca con el esfínter lubricado o penetrar un ano mientras se chocan sus pelotas con las del sujeto pasivo en cuestión. Sin embargo creo que la gran mayoría aún prefiere darle a la zambomba para este tipo de desahogos, y dejar su pandereto como la naturaleza decidió en su momento, como conducto únicamente de salida.
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