martes, 4 de diciembre de 2007

Aquellos afortunados primates

No ha pasado mucho tiempo desde la última actualización del blog. Quizá por eso siga aún teniendo el alma triste y apesadumbrada. Y quizá por eso el tema de hoy vaya en la línea del anterior...

Veréis. El otro día estaba yo tan campante en el gimnasio ahí levantando mis pesitas, pensando en mis historias y ajeno a la realidad que me rodeaba, cuando de repente alcé la vista y observé, estupefacto pero también maravillado, algo que me ha estado quitando el sueño estas últimas noches y ha hecho resurgir los magnánimos callos que en su día se establecieron en mi mano derecha y que ya casi había olvidado que tenía allí.

En la cinta de correr había una tipa que no es que fuera ninguna maravilla, pero la cabrona tenía un culo acojonante, y llevaba unas mallas ajustaditas que le marcaban hasta el último milímetro de su fino tanga. No veáis como meneaba su pandereto mientras corría sobre la cinta. En un instante olvidé en qué estaba pensando y me entraron unas ganas de calzármela por detrás ahí mismo que no os podéis imaginar. Iba de camino a ella, decidido, con los ojos en blanco, la baba cayendo y el pene tieso como un ariete, cuando el puto subconsciente (que en ese momento era bastante más consciente que la verdadera consciencia) me hizo recordar que estaba en un lugar público y que en esta sociedad existe una cosa que se llama algo así como civismo, ética, moralidad o no sé qué cojones, que impide penetrar el falo en el primer chochete jugosillo que se te cruce sin que te metan en el trullo por violador. Y eso a pesar de que el culo en cuestión, con esas mallitas y esos tanguitas te esté diciendo constantemente “fóllame, fóllame”, vestidito para la ocasión. Es la ostia, porque estoy seguro de que esa zorra de mierda en el fondo prefería un millón de veces más follar como loca que estar haciendo el gilipollas encima de una puta cinta corredera. En fin muchachos, es lo que hay.

Hace millones de años, cuando éramos primates, aunque no nos conociéramos de nada y fuera la primera vez que nos veíamos, nos olisqueábamos los ñordos y no dejábamos agujero sin tapar, y nadie te decía nada. En todo caso te preguntaban quién daba la vez. Todos fornicando con todas, daba igual la hora y el lugar, qué hubiese otros gorilos mirando o no. Ante una escena así ahora nos tiraríamos de los pelos. O al menos lo aparentaríamos, aunque nos fascinara lo que tuviésemos delante y quisiérmaos agregarnos. ¿Y a esto le llaman evolucionar? Desde mi punto de vista lo que se ha producido es una clara involución, y no sólo por el tema sexual, por muchas otras cosas que no tiene aquí cabida denunciar. Qué afortunados aquellos primates. Amigos, hemos nacido en la era equicovada, o al menos de la especie equivocada. Perros, leones, ñús ornitorrincos o jirafos no tienen este problema. Cuán felices seríamos ahora si al entrar en la panadería le pudiéramos decir a la dependienta: “quiero una integral, una normal, y que te bajes los pantalones que te la voy a meter hasta las meninges”, y hacerlo. Ella feliz, yo feliz… Cuánto daño hizo la iglesia muchachos.

El caso es que esa puta sigue día tras día meneando su pandero en el gimnasio. Tiene a todo el mundo revolucionado, y si te fijas en las manos de la peña parece que los callos se han contagiado más deprisa que la gripe aviar. Se nota en el ambiente (y en los penes tiesos) que todos se la follarían ahí mismo, como un servidor. Y lo mismo que lo sé yo, lo sabe ella, y lo desea ella. Y cada uno luego a su casa a darle a la zambomba. ¡Es que es de locos! Habrá quien finalmente lo consiga, pero ya no es lo mismo. El instinto de zumbártela en ese primer momento y lograrlo no tiene precio. Aparte que, no nos engañemos, no lo va a conseguir ni dios. Maldita guarra.

Es en este punto donde entra en juego la psicología de coquilla o de castración. Es decir, como está claro que por mucho que sigas pensando en penetrar con brutalidad ese ano no lo vas a materializar, hay que dejar de pensarlo. ¿Y cómo se consigue? Pues por ejemplo imaginando que el culo está poblado de pelos, granos y lombrices, que le huele el coño a sulfatina, que su tanga está cagao, y que cuando visita el retrete deja toda la piedra pintada con una cagalera pútrida y blanca. Habrá otras maneras, pero ésta es igual de válida y la experiencia me dice que seguramente no irá muy desencaminada...

jueves, 29 de noviembre de 2007

Nostalgia del ayer

Antes de nada, disculpad esta prolongada ausencia. Sé que había cientos de miles de millones de internautas esperando mi reaparición en el blog, pero entre una cosa y otra no he tenido demasiado tiempo para actualizarlo. Además, qué carajo, lo bueno se hace esperar. Pero no os hagáis demasiadas ilusiones, que durante este destierro pocas historias cochinas nuevas me han sucedido. Es más, lejos de estar ocupado adentrándome en cavernáculos y jugosos chochámenes, mis tejemanejes han ido encaminados más bien por otros andurriales. Maldito trabajo. Pero no os preocupéis, que puedo tirar de archivo, jeje.

El caso es que es una putada esto de envejecer. “Tempus Fugit”, decía un amigo mío. Esta sencilla frase encierra la mismísima esencia de la vida: El tiempo pasa, huye, nada queda, todo cambia. Es inútil intentar abrazarse a un tiempo o a un lugar; a unas personas o a unas cosas, que van a pasar indefectiblemente. Todo está impregnado del profundo perfume de la fugacidad, que lo acompaña todo y le da su verdadera dimensión.

A ver, leyendo esto pensaréis que tengo ya pie y medio en la tumba. En absoluto, aún no he llegado ni a la treintena. Pero a estas alturas uno se va dando cuenta de que ya nada es como era antes. Ya no es fácil saborear esas tetitas tan turgentes que sólo poseen las jovencitas. Es muy raro que a estas edades no haya hecho mella ya en ellas la axiomática e implacable fuerza de la gravedad. Y más difícil todavía es pillar cacho con las jovencitas que apenas rozan la legalidad y que pueden contar los pelos de su mejillón con las palmas de una mano de hacerse las pajas (al menos sin pagar). Es cierto que de vez en cuando se cata a alguna veinte añera novatilla, incauta y lo suficientemente ingenua para pensar que nos la follamos por amor. Pero la inocencia que se aparenta cuando eres un chaval de 17 y que te pone a todas las guarrillas en la punta del pene (en esas edades tampoco importa que sean madurillas), eso, eso……, eso no tiene precio.

¿Y qué hacemos ahora? Pues joder con cerdas fofas de mierda, a las que no sabes si meter el ciruelo por el chocho, por el ano, por la boca pa que se calle la puta, o por uno de los boquetes que la celulitis deja en sus pútridos cuerpos. A mi pene no le importa, pero a mí sí. Por eso cuando las jornadas laborales aprietan como en esta última temporada, la del destierro absoluto, dejo un poco de lado, sorprendentemente sin que me importe demasiado, el mundo del folleteo. Ay… qué tiempos aquellos en los que taladraba potorros sin tregua y nada calmaba nuestra sed (la mía y la de mi calandraca)… Pero es que las zorras de más de 30 ya no motivan joder…

En fin, por esta vez habéis conseguido sacar de mí mi lado más nostálgico y humano. Pero no os confiéis. Prometo que la próxima vez volverá el pene optimista y batallador que todos conocéis. Temblad chochos orondos y firmes berenjenas. El pene más dicharachero ha vuelto. Y os va a hacer gozar.

lunes, 20 de agosto de 2007

El paraíso del melonar

A pesar de que no hago ascos a ningún tipo de chochete (con la rara excepción de algún potorro en cuyos pelos he llegado a hallar con gran sorpresa una especie de mocos amarillos adheridos, y del cual emanaba un pútrido tufo a cacahuete. Sí, he dicho bien, cacahuete, pero el que sale del ano del elefante al término de su proceso digestivo –y la cerda de ella parecía limpia, joder cómo tendría el culo-), siempre he tenido una especial predilección por aquellos que pertenecen a una mujer cuyas tetas sólo pueden ser sostenidas por alforjas para que no toquen el suelo. Sé que es una obsesión estúpida, que sólo son dos pechos, pero sentir cómo golpean mi cabeza dos descomunales ubres mientras cabalgan sobre mi salchichón es para mí un placer sólo equiparable al que debe sentir Hugh Hefner cada día en su jacuzzi. Si me dan a elegir prefiero unas boinas que desborden mis manos y venzan la fuerza de mis brazos a tocar dos tetas y no saber que las estoy tocando.

El problema es que tener un buen melonar suele implicar que el porcentaje de grasa corporal de la dueña también sea considerable. Y a pesar de que he catado orondo pezón de auténticas sílfides, he de reconocer que la gran mayoría no podían verse los pies porque la barriga asomaba incluso por encima de sus berenjenas (me encanta utilizar como analogía frutas y hortalizas). Esta ley matemática es una jodienda, nunca mejor dicho, porque las putas gordas también son, con diferencia, la especie animal, junto a ballenatos y focas monje, cuyos chochámenes más cantan a besuguillo. No soy un experto en esta materia, pero creo que debe ser porque las toxinas en forma de grasa se mezclan con los flujos vaginales dando como resultado un cóctel mortal. Por eso las ballenas están en peligro de extinción, porque los pobres ballenatos no quieren copular, espantados por ese hedor a chorongo.

El caso es que he estado a punto de morir asfixiado en más de una ocasión, ya que doy todo de mí a la hora de chupar coños, aunque sean olorosos, para que la mujer goce y quiera repetir. También ha habido veces en las que no he aguantado ni cinco segundos, porque se notaba demasiado que tomaba grandes bocanadas de aire entre lamida y lamida y ella iba a sospechar. Así que raudo y veloz le suelto la mítica frase: “Es que me pones tan cachondo que no puedo aguantar ni un segundo más sin meterte el ciringolo” (como iréis comprobando a lo largo de este blog, existen multitud de frases para salir airoso de las peores situaciones que se pueden dar en cada momento, un día haré un repaso de algunas de ellas).

En resumen, si un día quieres un polvete sin riesgos, placentero pero sin grandes alardes, fóllate a una delgadita. Pero si te van las aventuras y las emociones fuertes, y quieres echar un casquete magnánimo, arriésgate con una gorda de mierda, el terremoto provocado por sus cocobongos en movimiento te llevarán al éxtasis.

Dejaré para otro capítulo el tema de las gordas que encima no tienen tetas. La especie más asquerosa e inútil que hay en la faz de la tierra y cuyo exterminio debería ser aprobado por las autoridades en un plazo no superior a 7 años ni menor a 6.

viernes, 10 de agosto de 2007

Presentación

Estimados lectores;

Esta es una breve presentación para que conozcáis la clase de calaña de la que está compuesta el sujeto que suscribe. Básicamente me defino como un penetrador. Esa es la palabra clave que describe mi comportamiento en los últimos 29 años, es decir, desde que mi madre me sacó por su chochamen. Desde ese preciso instante mis pensamientos sólo han estado centrados en tratar por todos los medios de olisquear el mayor número de chochetes posibles para después, si son del gusto de mis papilas olfativas, penetrarlos con orgullo por mi falo juguetón, un falo que no cesa en su empeño de buscar cobijo y calorcito en los potorrines más dispares.

Como ya habréis comprobado, el mecanismo es claro, mi pene domina sobre mi conciencia. Siempre gana la batalla, y hace mucho tiempo que mi cerebro y mi corazón dejaron de luchar en una absurda guerra en la que los deseos del cipote siempre salen victoriosos. En realidad no soy ningún bicho raro que forme parte de una reducida estirpe o colectividad. Muy al contrario, el 99% de los varones sólo piensan en calzar su trompetilla, al igual que un servidor, sólo que yo lo reconozco y lo grito a los cuatro vientos con gozo y algarabía.

Tampoco es que esté las 24 horas del día intentando mojar el badajo. El trabajo, el deporte y otras aficiones mantienen aletargado a mi ciruelón, pero cuando abandono estos cometidos y se despierta, se me nubla el pensamiento y es él quien toma el control. Es mi pitilín el que ordena a mis manos que aprieten el botón acertado del móvil para avisar al chocho jugoso en cuestión, el que más le apetezca en ese momento que, como suele ser habitual, ya está preparado para la cópula (tengo una guía con potorrotos disponibles que sigue incrementándose semana tra semana, a veces también decrementa, claro).

En este blog contaré mis andanzas (más bien las andanzas de mi canutón) por esos chochos de Dios. Espero que estéis atentos porque algunas de las historietas son inauditas, como la de la lenteja o la de los aposentos con espejos. Ya os contaré ya... Espero que os guste como a mi cirilo las almejillas.

PD: Es importante que sepáis que quien escribe en todo momento es mi pene. A ver, no es que esté dándole al teclao con la punta del capullo, sino que es mi cantimpalo el que manda las órdenes al resto de extremidades. Bueno, os dejo ya, un oloroso chocho me está esperando (que suerte tienen los pitos de no tener nariz).