jueves, 29 de noviembre de 2007

Nostalgia del ayer

Antes de nada, disculpad esta prolongada ausencia. Sé que había cientos de miles de millones de internautas esperando mi reaparición en el blog, pero entre una cosa y otra no he tenido demasiado tiempo para actualizarlo. Además, qué carajo, lo bueno se hace esperar. Pero no os hagáis demasiadas ilusiones, que durante este destierro pocas historias cochinas nuevas me han sucedido. Es más, lejos de estar ocupado adentrándome en cavernáculos y jugosos chochámenes, mis tejemanejes han ido encaminados más bien por otros andurriales. Maldito trabajo. Pero no os preocupéis, que puedo tirar de archivo, jeje.

El caso es que es una putada esto de envejecer. “Tempus Fugit”, decía un amigo mío. Esta sencilla frase encierra la mismísima esencia de la vida: El tiempo pasa, huye, nada queda, todo cambia. Es inútil intentar abrazarse a un tiempo o a un lugar; a unas personas o a unas cosas, que van a pasar indefectiblemente. Todo está impregnado del profundo perfume de la fugacidad, que lo acompaña todo y le da su verdadera dimensión.

A ver, leyendo esto pensaréis que tengo ya pie y medio en la tumba. En absoluto, aún no he llegado ni a la treintena. Pero a estas alturas uno se va dando cuenta de que ya nada es como era antes. Ya no es fácil saborear esas tetitas tan turgentes que sólo poseen las jovencitas. Es muy raro que a estas edades no haya hecho mella ya en ellas la axiomática e implacable fuerza de la gravedad. Y más difícil todavía es pillar cacho con las jovencitas que apenas rozan la legalidad y que pueden contar los pelos de su mejillón con las palmas de una mano de hacerse las pajas (al menos sin pagar). Es cierto que de vez en cuando se cata a alguna veinte añera novatilla, incauta y lo suficientemente ingenua para pensar que nos la follamos por amor. Pero la inocencia que se aparenta cuando eres un chaval de 17 y que te pone a todas las guarrillas en la punta del pene (en esas edades tampoco importa que sean madurillas), eso, eso……, eso no tiene precio.

¿Y qué hacemos ahora? Pues joder con cerdas fofas de mierda, a las que no sabes si meter el ciruelo por el chocho, por el ano, por la boca pa que se calle la puta, o por uno de los boquetes que la celulitis deja en sus pútridos cuerpos. A mi pene no le importa, pero a mí sí. Por eso cuando las jornadas laborales aprietan como en esta última temporada, la del destierro absoluto, dejo un poco de lado, sorprendentemente sin que me importe demasiado, el mundo del folleteo. Ay… qué tiempos aquellos en los que taladraba potorros sin tregua y nada calmaba nuestra sed (la mía y la de mi calandraca)… Pero es que las zorras de más de 30 ya no motivan joder…

En fin, por esta vez habéis conseguido sacar de mí mi lado más nostálgico y humano. Pero no os confiéis. Prometo que la próxima vez volverá el pene optimista y batallador que todos conocéis. Temblad chochos orondos y firmes berenjenas. El pene más dicharachero ha vuelto. Y os va a hacer gozar.