A pesar de que no hago ascos a ningún tipo de chochete (con la rara excepción de algún potorro en cuyos pelos he llegado a hallar con gran sorpresa una especie de mocos amarillos adheridos, y del cual emanaba un pútrido tufo a cacahuete. Sí, he dicho bien, cacahuete, pero el que sale del ano del elefante al término de su proceso digestivo –y la cerda de ella parecía limpia, joder cómo tendría el culo-), siempre he tenido una especial predilección por aquellos que pertenecen a una mujer cuyas tetas sólo pueden ser sostenidas por alforjas para que no toquen el suelo. Sé que es una obsesión estúpida, que sólo son dos pechos, pero sentir cómo golpean mi cabeza dos descomunales ubres mientras cabalgan sobre mi salchichón es para mí un placer sólo equiparable al que debe sentir Hugh Hefner cada día en su jacuzzi. Si me dan a elegir prefiero unas boinas que desborden mis manos y venzan la fuerza de mis brazos a tocar dos tetas y no saber que las estoy tocando.
El problema es que tener un buen melonar suele implicar que el porcentaje de grasa corporal de la dueña también sea considerable. Y a pesar de que he catado orondo pezón de auténticas sílfides, he de reconocer que la gran mayoría no podían verse los pies porque la barriga asomaba incluso por encima de sus berenjenas (me encanta utilizar como analogía frutas y hortalizas). Esta ley matemática es una jodienda, nunca mejor dicho, porque las putas gordas también son, con diferencia, la especie animal, junto a ballenatos y focas monje, cuyos chochámenes más cantan a besuguillo. No soy un experto en esta materia, pero creo que debe ser porque las toxinas en forma de grasa se mezclan con los flujos vaginales dando como resultado un cóctel mortal. Por eso las ballenas están en peligro de extinción, porque los pobres ballenatos no quieren copular, espantados por ese hedor a chorongo.
El caso es que he estado a punto de morir asfixiado en más de una ocasión, ya que doy todo de mí a la hora de chupar coños, aunque sean olorosos, para que la mujer goce y quiera repetir. También ha habido veces en las que no he aguantado ni cinco segundos, porque se notaba demasiado que tomaba grandes bocanadas de aire entre lamida y lamida y ella iba a sospechar. Así que raudo y veloz le suelto la mítica frase: “Es que me pones tan cachondo que no puedo aguantar ni un segundo más sin meterte el ciringolo” (como iréis comprobando a lo largo de este blog, existen multitud de frases para salir airoso de las peores situaciones que se pueden dar en cada momento, un día haré un repaso de algunas de ellas).
En resumen, si un día quieres un polvete sin riesgos, placentero pero sin grandes alardes, fóllate a una delgadita. Pero si te van las aventuras y las emociones fuertes, y quieres echar un casquete magnánimo, arriésgate con una gorda de mierda, el terremoto provocado por sus cocobongos en movimiento te llevarán al éxtasis.
Dejaré para otro capítulo el tema de las gordas que encima no tienen tetas. La especie más asquerosa e inútil que hay en la faz de la tierra y cuyo exterminio debería ser aprobado por las autoridades en un plazo no superior a 7 años ni menor a 6.
lunes, 20 de agosto de 2007
viernes, 10 de agosto de 2007
Presentación
Estimados lectores;
Esta es una breve presentación para que conozcáis la clase de calaña de la que está compuesta el sujeto que suscribe. Básicamente me defino como un penetrador. Esa es la palabra clave que describe mi comportamiento en los últimos 29 años, es decir, desde que mi madre me sacó por su chochamen. Desde ese preciso instante mis pensamientos sólo han estado centrados en tratar por todos los medios de olisquear el mayor número de chochetes posibles para después, si son del gusto de mis papilas olfativas, penetrarlos con orgullo por mi falo juguetón, un falo que no cesa en su empeño de buscar cobijo y calorcito en los potorrines más dispares.
Como ya habréis comprobado, el mecanismo es claro, mi pene domina sobre mi conciencia. Siempre gana la batalla, y hace mucho tiempo que mi cerebro y mi corazón dejaron de luchar en una absurda guerra en la que los deseos del cipote siempre salen victoriosos. En realidad no soy ningún bicho raro que forme parte de una reducida estirpe o colectividad. Muy al contrario, el 99% de los varones sólo piensan en calzar su trompetilla, al igual que un servidor, sólo que yo lo reconozco y lo grito a los cuatro vientos con gozo y algarabía.
Tampoco es que esté las 24 horas del día intentando mojar el badajo. El trabajo, el deporte y otras aficiones mantienen aletargado a mi ciruelón, pero cuando abandono estos cometidos y se despierta, se me nubla el pensamiento y es él quien toma el control. Es mi pitilín el que ordena a mis manos que aprieten el botón acertado del móvil para avisar al chocho jugoso en cuestión, el que más le apetezca en ese momento que, como suele ser habitual, ya está preparado para la cópula (tengo una guía con potorrotos disponibles que sigue incrementándose semana tra semana, a veces también decrementa, claro).
En este blog contaré mis andanzas (más bien las andanzas de mi canutón) por esos chochos de Dios. Espero que estéis atentos porque algunas de las historietas son inauditas, como la de la lenteja o la de los aposentos con espejos. Ya os contaré ya... Espero que os guste como a mi cirilo las almejillas.
PD: Es importante que sepáis que quien escribe en todo momento es mi pene. A ver, no es que esté dándole al teclao con la punta del capullo, sino que es mi cantimpalo el que manda las órdenes al resto de extremidades. Bueno, os dejo ya, un oloroso chocho me está esperando (que suerte tienen los pitos de no tener nariz).
Esta es una breve presentación para que conozcáis la clase de calaña de la que está compuesta el sujeto que suscribe. Básicamente me defino como un penetrador. Esa es la palabra clave que describe mi comportamiento en los últimos 29 años, es decir, desde que mi madre me sacó por su chochamen. Desde ese preciso instante mis pensamientos sólo han estado centrados en tratar por todos los medios de olisquear el mayor número de chochetes posibles para después, si son del gusto de mis papilas olfativas, penetrarlos con orgullo por mi falo juguetón, un falo que no cesa en su empeño de buscar cobijo y calorcito en los potorrines más dispares.
Como ya habréis comprobado, el mecanismo es claro, mi pene domina sobre mi conciencia. Siempre gana la batalla, y hace mucho tiempo que mi cerebro y mi corazón dejaron de luchar en una absurda guerra en la que los deseos del cipote siempre salen victoriosos. En realidad no soy ningún bicho raro que forme parte de una reducida estirpe o colectividad. Muy al contrario, el 99% de los varones sólo piensan en calzar su trompetilla, al igual que un servidor, sólo que yo lo reconozco y lo grito a los cuatro vientos con gozo y algarabía.
Tampoco es que esté las 24 horas del día intentando mojar el badajo. El trabajo, el deporte y otras aficiones mantienen aletargado a mi ciruelón, pero cuando abandono estos cometidos y se despierta, se me nubla el pensamiento y es él quien toma el control. Es mi pitilín el que ordena a mis manos que aprieten el botón acertado del móvil para avisar al chocho jugoso en cuestión, el que más le apetezca en ese momento que, como suele ser habitual, ya está preparado para la cópula (tengo una guía con potorrotos disponibles que sigue incrementándose semana tra semana, a veces también decrementa, claro).
En este blog contaré mis andanzas (más bien las andanzas de mi canutón) por esos chochos de Dios. Espero que estéis atentos porque algunas de las historietas son inauditas, como la de la lenteja o la de los aposentos con espejos. Ya os contaré ya... Espero que os guste como a mi cirilo las almejillas.
PD: Es importante que sepáis que quien escribe en todo momento es mi pene. A ver, no es que esté dándole al teclao con la punta del capullo, sino que es mi cantimpalo el que manda las órdenes al resto de extremidades. Bueno, os dejo ya, un oloroso chocho me está esperando (que suerte tienen los pitos de no tener nariz).
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